El Viejo Verde
Los años bien vividos me ayudaron,
a gozar de la vida y sus momentos,
y entre sus muchas cosas me dejaron;
el final feliz de este hermoso cuento.
A pesar de ser fiel a mis queridas,
nunca faltaron quienes me recuerden,
que en la forma que bebí mi vida;
se debe a que soy un "viejo verde"
De estos versos que encierran mi relato,
descubrirán que en muchas ocasiones,
habrán comido ustedes igual plato:
¡Yo!... devoré con hambre mis raciones.
Cumplía mis cincuenta primaveras,
felices por haberlas bien vivido,
me extasiaban el mar y las pradera;
y el placer envolvía mis sentidos.
La lluvia con su canto... plañidera,
el áureo amanecer y sus matices,
la gran montaña imponente y austera
y sus indefinidos tonos grises.
Extasiado en la tarde y su tristeza,
recordaba a los que ya se han ido,
y llegando la noche y sus bellezas;
bebía de su mágico fluido.
Hoy quiero contarles esta historia,
que habla del amor y del destino,
dando vueltas igual que mula y noria;
recorreremos juntos el camino.
Cincuenta primaveras yo contaba,
cuando ella aparece en mi camino,
sentada entre las flores se extasiaba;
la dueña de mi amor y mi destino.
¡OH Señor!, exclamé ¡Cuanta belleza!,
sintiendo que mi ser se transformaba,
eras un ángel de infinita pureza;
que del cielo seguro regresaba.
Pobre de mi me dije consternado,
sin poderme alejar de su presencia,
como ante Dios estaba yo postrado;
bebiendo de sus ojos la inocencia.
Sus veinte años de niña campesina,
exuberante de naturaleza,
serían del camino las espinas;
barrera inaccesible a su pureza.
Yo me sentía mal, muy abatido,
pues todos condenaban mi arrebato,
en tanto mi dolor y mis sentidos;
sufrían con amor el desacato.
Mi corazón buscabas las excusas,
para llegar al lado de mi amada,
le cantaban los versos de mi musa;
pero nada a sus manos le llegaba.
Le gritaría mi amor al fin y al cabo,
no podía ignorar mis emociones,
yo estaba por demás desesperado;
En mi pecho latían dos corazones.
La vi llegar aquella tardecita,
niña, virgen, sumisa y hechicera,
no lo odia creer... llegó a la cita;
era un ángel de bellas primaveras.
Asustado temblando como un niño,
e incapaz de apurar el expediente,
al mirarme en sus ojos vi el cariño;
que su alma derramaba cual torrente.
Rendido por su amor le robé un beso,
Atrapado en sublime sentimiento,
¡Sus labios Santo Dios! cuanto embeleso;
aun me hace vibrar aquel momento.
Sin importar ya nada nos besamos,
cubierto por las sombras de la plaza,
y recuerdo que cuando regresamos;
de nuevo la bese frente a su casa.
Felizmente alejado de lo humano,
flotaba en el espacio de mis sueños,
era tocar el cielo con las manos;
de todo su sentir ya era su dueño.
Y este amor que me elevó a la gloria,
la familia tomó conocimiento,
quisieron pone fin a nuestra historia;
destruyendo nuestro enamoramiento.
¡Hija mía! cincuenta menos veinte,
son treinta, le decían afligidos,
y aunque éste buen señor mucho lo intente;
el hombre a los cincuenta esta vencido.
No podrá con la fuerza de tus años,
¡No lo entiendes!, estás enamorada,
queremos evitarte un desengaño;
que la vida te dé una cachetada.
Si llega a tu vida un hombre joven,
y te enamores ya comprometida,
por mucho que los dos de pena lloren;
no podrán arreglar jamás sus vidas.
Entre tantos reproches y advertencias,
decidimos hacer frente el destino,
su dulce amor unido a mi experiencia;
para sortear las piedras del camino.
Ardiendo de placer nuestro sentidos,
ebrios de Dios desnudos nos amamos,
bebiendo con mis labios sus gemidos;
y sin saber el porque, ambos lloramos.
Besé una y mis veces su regazo,
esa tarde debajo de la mora,
y al sentir su desmayo entre mis brazos;
loco de amor la hice mi señora.
De tanto amarnos la noción perdida,
eran aves volando nuestras manos,
sobre sus primaveras bien cumplidas;
y mis fuertes cincuenta veteranos.
Mezclados con la magia del verano,
fueron mudos testigos de la entrega,
el rojo atardecer de aquellos llanos;
el cielo y Dios, la tierra y la morera.
¿Cuál es la edad para vivir con gloria,
la locura de amar sin guardar nada?
¡No hay una edad para vivir la historia!;
comienza cuando encuentres a tu amada.
Mi bella mujer me dio muchos hijos,
mi preciado bien... ella y los pequeños,
frutos del amor según Dios lo quiso;
el final feliz... de mi hermoso sueño.
Que es la vida cruel algunos se quejan,
los años se van... cual la vida rueda,
convirtiéndonos en personas viejas;
debiendo sortear peligrosa prueba.
Aquellos que reniegan del destino,
diciendo que los años hacen viejos,
tendrían que volverse en el camino;
¡Se fueron para atrás como el cangrejo!.
Hoy cuento con mis muchas primaveras,
amanece y presiento los matices,
de la montaña imponente y austera;
solo distingo algunas sombras grises.
Cuando llega la tarde y su tristeza,
le pido a Dios por los que ya se han ido,
y aspirando la noche y su belleza;
doy gracias por el día que he vivido.
Y mi dulce amor... bella y madura,
llevándome del brazo por la casa,
rodeándome con toda su ternura;
me pide el beso... que le robe en la plaza.
JUAN CASIMIRO PERDIGÓN